el desnudo del patio de mis abuelos
(leescribir un lugar / un trabajo de escucha y creación emulando una experiencia de la artista Cristina Megía)
por Alba Rodríguez Sánchez (1º bach)
1.
Estoy aquí, en medio del patio en el que jugué tantas veces. Nunca antes lo había mirado como hoy. Siempre lo he considerado un patio lleno de vida y recuerdos, y en este momento, solo percibo la pequeña brisa helada de los primeros días de octubre que te enfrían la nariz; el ruido de los coches al cambiar su velocidad, o simplemente el murmullo de los transeúntes que caminan al otro lado de la pared.
Alzo la mirada, me pierdo entre la nostalgia de mis recuerdos y encuentro la pila de lavar, donde tantas veces vi a mi abuela intentando quitar las manchas de una camisa o coger agua para regar las plantas. Me acerco y observo que está llena de moho, deteriorada, poco a poco se va pudriendo. La recuerdo más alta, un instante después, pienso que he crecido desde la última vez que la miré con atención.
Paseo por el suelo de cemento recubierto por moho, toco el suelo con las yemas de los dedos, aún recuerdo esta textura. Todos los raspones de rodilla producidos una tarde de agosto por este mismo suelo, quemándome la piel con su calor.
En una esquina, apartado de la luz, bajo el techo metálico que da sombra a una parte del patio, se encuentra el patinete, oxidado, desvencijado por el uso y el tiempo. No es mío, ha sido motivo de risas y diversión más de una generación. Era un regalo para mis tías y mi madre. Cuando llegué yo, ya estaba deteriorado, pero con él era la niña más feliz.
¿Por qué todo se va marchitando tan rápido en este espacio? ¿Por qué dónde había símbolos de vida ahora solo queda óxido y moho?
La única respuesta que he encontrado es que nada es igual desde que mis abuelos no están.
2.
Estoy en la calle, no hay nadie. Simplemente encajo la llave en la cerradura oxidada de la gran portada marrón que da paso al patio y me dispongo a entrar.
Lo primero que han atisbado mis ojos ha sido la torre de butacas blancas. Siempre han estado ahí, pero pocas veces las he visto, o más bien, les he prestado atención. Para mí, estas butacas son sinónimo de sencillez, ya que no son las más bonitas, ni las más cómodas en las que me he sentado, pero no obstante, me han servido de asiento en numerosas ocasiones, lo que me ha permitido compartir momentos en este entorno y pasar tiempo con mi familia. Y eso, vale más que cualquier cosa.
Sigo paseando, escuchando, atendiendo al espacio, vuelvo por mis propios pasos y, encuentro las calas. Hace unos años las miraba y no sentía nada, eran solo plantas, además, no me parecían bonitas ni interesantes como otras flores, de hecho, sigo pensando que les faltan las cualidades que he nombrado antes, pero aún así, tienen un gran significado para mí. Desde que mi abuela se fue, siempre que veo una cala me acuerdo de ella, pienso en lo feliz que era cuidándolas y lo que las tienes que echar de menos. Desde entonces, me gustan mucho, lo que me ha hecho pensar que en la vida pasa lo mismo, hay elementos que aparentemente no nos gustan, o simplemente no nos parecen atractivos, pero su significado o valor puede más que lo exterior.
Sigo estática, delante de las calas, pero ahora miro hacia arriba, hay vigas de madera sujetando un techo deteriorado. No hay ningún nido de golondrina o paloma, lo que es extraño. Siempre que miro hacia este techo, hay algún animal cuidando a sus crías. Es curioso que más de una especie de pájaro se haya sentido atraído por colocar aquí su nido. Es un lugar seguro para mantenerse alejados del frío directo. Así es la vida, intentado cubrir todas las necesidades, aunque eso suponga cambios y riesgos.
3.
Paz. Calma. Serenidad. Sosiego. Silencio.
Todas las sensaciones citadas anteriormente han penetrado en mi ser como un clavo lo hace en un listón de madera.
He perdido la noción del tiempo, hace mucho que no me sentía así. Quizá desde que era una niña.
He observado a mi alrededor, y aunque todo sigue igual que siempre, nunca dejo de encontrar cosas que antes no había atisbado.
Encuentro muchos elementos agrícolas que no sé para qué son necesarios. Mis ojos llevan toda la vida ignorándolos. Me asombra la capacidad de mirar a un objeto y al no saber reconocerlo, eliminarlo de mi mente, como si nunca lo hubiese visto. Es curioso, pues a lo que nosotros consideramos insignificante, o simplemente no tiene cierto valor en nuestra vida, no nos conmueve, interpela, no nos hace pensar. La ignorancia del ser humano.
El vuelo de un murciélago interrumpe mi ejercicio. Empieza a anochecer, la claridad del día se aleja. Desde este espacio diviso la chimenea de la casa de al lado humeando y percibo un ligero olor que me indica que es la hora de la cena. Miro el reloj. He de irme.
4.
Hoy, la escucha del entorno me ha llevado por los rincones más recónditos de mis propios sentimientos.
-Soledad. El espacio de siempre compuesto por infinidad de elementos, artilugios, útiles que algún día fueron necesarios para numerosas labores, pero que a día de hoy son una reliquia sin importancia. Llevan años almacenando polvo y óxido y nadie se acuerda de ellos. La soledad es la única compañía que existe en este lugar.
-Belleza. Todas las imperfecciones son el reflejo de un fenómeno producido por un desajuste. La humedad en la pared, nunca había apreciado la naturalidad de este hecho, quizá, las personas también poseemos cierta humedad en nuestro interior que va calando, dejando su código. O una gran grieta en la capa externa de la pared de tierra, recubierta de cemento, que poco a poco va dilatándose y fracturándose hasta caer en pedazos, dando lugar a la capa interna, y dejando al descubierto la vulnerabilidad de la pared. Esto es belleza, entender que no somos tan diferentes de un tapia con humedad o de una grieta que muestra la sensibilidad del interior.
-Humildad. Si algo he aprendido entre las paredes del patio de mis abuelos, es que en la vida hay que ser personas humildes. De hecho, observando el entorno, veo esta característica por todos los rincones. En este espacio no hay elementos con un importante valor económico, todos con un gran valor sentimental, eso sí. El pequeño tronco para partir nueces, almendras y otros frutos secos; los útiles de limpieza colgados en el perchero en un rincón resguardado; la caldera para el agua caliente; o incluso espuertas en las que de pequeña me encantaba bañarme.
-Tesón y constancia. Vengo de una familia muy humilde, la cual se ha dedicado a la agricultura desde hace muchas generaciones. El tractor, el remolque, los arados, han estado presentes siempre en el patio, y por supuesto en mi vida. No fue fácil para mis abuelos tener 5 hijos y trabajar en el campo para poder vivir hace 50 años. Por eso, por primera vez, atiendo al tractor, al remolque y a los arados de una manera diferente, los percibo como símbolos de constancia, dedicación y esfuerzo. Y este nuevo mirar, me parece de las visiones más bonitas que he percibido nunca.
5.
Cierro los ojos, inspiro, los rayos cálidos del sol me erizan la piel tras la sensación de humedad, abro los ojos, mis pupilas se contraen por el exceso de luz, vuelvo a la realidad.
Estos segundos de reflexión, en silencio, producen en mí una mirada hacia aquellos vacíos que hace años estaban protegidos. La nostalgia me empuja hacia ellos, como la gravedad impulsa hacia el suelo de la Tierra cualquier cuerpo.
El rosal, lleno de rosas blancas y delicadas, con sus espinas puntiagudas, remarcando su belleza; su esencia; su elegancia; su pureza, pero a la vez su fragilidad. Recuerdo que el pequeño arbusto sufría diversas enfermedades muy a menudo. Siempre que iba a visitarlo y percibía su estado hostil, preguntaba “¿Por qué el rosal está enfermo?”, la respuesta siempre era la misma. “Es una especie muy delicada, es atacada por numerosas plagas como el caso del pulgón.” Yo, no comprendía como un arbusto con flores tan bonitas podía enfermar tan rápido. A día de hoy solo queda la maceta, el rosal se marchitó y nunca fue sustituido por otro. Con nuestros seres queridos ocurre lo mismo, nos interrogamos por qué la vida es tan injusta haciendo que el estado de salud empeore hasta acabar con las personas a las que tanto amamos. Al final solo quedan sus pertenencias, los recuerdos. Lo esencial se marcha.
La jaula, antes llena de vitalidad, balanceada por el traqueteo de la vida que habitaba en el interior. Ahora, solo queda un elemento estático, cualquier vaivén de este cuerpo es a causa de una ráfaga de viento o por el imperceptible movimiento de los átomos que la componen. ¡Cómo ha cambiado la situación! Hace años, este instrumento contenía vida propia, voz propia. Ahora, simplemente transmite soledad, expresa a gritos la pérdida de su habitante, de la luz que hacía percibir al receptor. Su función era hacer de hogar. La jaula perdió su función, dejó de brindar alegría.
6.
El patio está lleno de “ojalás”.
Ojalá este lugar fuese un hogar.
Ojalá toda la familia volviese a estar tan unida como antes.
Ojalá mis abuelos nunca se hubieran marchado.
Ojalá este espacio siguiese lleno de vida.
Ojalá volver a mirar hoy y encontrar el patio de hace doce años.
Ojalá tener menos ojalás.
Observo el entorno y me percato de que todos mis ojalás, hace años, fueron realidad.
Nunca lo aprecié, era una niña, supongo que valorar, o más bien, darse cuenta de la suerte inmensa al tener todo lo que necesitas, no es sinónimo de niñez.
Aunque habitualmente suelo sentir de manera negativa las experiencias anteriores, no siempre es así.
Me hubiese encantado seguir experimentando la sensación de unión, de apoyo incondicional, de continuar toda la familia coleccionando momentos. Esto no sucedió. Todo cambia, esa es la ley de la naturaleza, modificar incluso las partes más pequeñas de la faz de la Tierra hasta que todo sea material renovado, hasta que no quede nada anterior al cambio. Aún así, causó vértigo tenerlo todo y perderlo de manera repentina.
Quizá el dolor me hizo ser quien soy hoy, valorar el tiempo, entender que la vida cambia constantemente, sin avisar. Hoy podemos gozar de todas nuestras fortunas y mañana lamentarnos por haberlas perdido, sin ser conscientes de lo afortunados que éramos de poseerlas.
Pero la vida es así, caprichosa. Cuando realmente somos felices no lo percibimos, mas si esa felicidad se esfuma, llega el arrepentimiento y por tanto el golpe de realidad.
7.
“La perfección no existe” dicen. La observación de hoy me ha llevado hasta aquí, hasta esta frase que probablemente la hemos escuchado infinidad de veces a lo largo de la vida.
Nunca me había interpelado, siempre prefería darle la razón sin siquiera atender a su significado, aceptar que si la escuchamos tantas veces, como si formase parte de nuestra rutina, es porque realmente es verídica. Atendiendo al entorno me he percatado de que es una frase muy subjetiva. ¿Quién formuló esta secuencia de palabras, un ser divino que es capaz de observar hasta lo más remoto e imperceptible del universo?
Hay que seguir escarbando, hay que ir más allá, hay que encontrar los desajustes que nos rodean y abordarlos, capturarlos hasta que ocurran nuevas grietas, cuando las encontremos, seguiremos buscando. Este es un proceso continuo que nos desplaza de la respuesta que ya tenemos, de la facilidad. ¿Por qué hay que conformarnos con la información que ya poseemos?, ¿Por qué hay que ser seres omisos que rinden confianza ciega a una frase formulada por un ajeno?
Esta reflexión está ligada al texto de Javier Marías, que nos invita a que sigamos pensando, encontraremos riqueza en nuestro interior, aquella que no conocíamos y que nos convierte en seres más completos.
Observando el entorno me he encontrado la perfección. Cada elemento tiene su lugar en el patio, está ubicado en un determinado espacio porque ahí es donde debe estar, ese es su lugar, cualquier otro no es válido, quizá porque no se ajusta a él.
Gran parte de los seres humanos buscamos una visión agradable de lo que observamos, por el contrario, valoramos negativamente el espacio, la forma, los colores, las sensaciones que nos transmiten. ¿Por qué?, ¿Realmente debemos juzgar por el sentido óptico sin conocer o atender al elemento o a sus características?
8.
Recorres la entrada con pisadas limpias, suaves, sin producir ninguna vibración sonora que ahuyente la esencia que nace en este espacio.Te deslizas sobre las baldosas rojas, las cuales forman un dibujo muy llamativo. Me atrevería a decir que son las más originales que he visto a lo largo de mi vida. En ese desliz silencioso, pasivo, en la entrega total de todo mi ser a este espacio te ves reflejada.
Quizá no es casualidad, yo sin embargo, afirmaría rotundamente que lo fue.
Así es, pude observar mi rostro en el cristal de la ventana. ¡Cuánto tiempo sin mirarme desde la naturalidad! No había percibido hasta ahora que siempre que me observo en el espejo es para intentar agradar a los demás por mi belleza exterior. ¡Qué triste! No quiero decir que mirarse en el espejo sea un acto perjudicial, al contrario, nos nutre en la mayoría de los casos. Lo que es triste es lanzar la mirada hacia nuestro reflejo y ver solo un cuerpo, nada más. Somos eso, sí, pero también somos seres llenos de experiencia, de aprendizaje, de vivencias. Mirarse al espejo e intentar comprender quiénes somos, cómo hemos evolucionado, observar la belleza interior.
El problema no es el reflejo, es saber cómo mirar.
Hoy he tenido la suerte de poder gozar de esta experiencia tan sensible, tan pura, tan llena de mí misma y de todo mi bagaje.
Por primera vez he visto a una chica de dieciséis años llena de miedo, de incertidumbre, de ganas por conseguir sus sueños, llena de vitalidad.
Quizá, todos los días deberíamos dedicar un pequeño porcentaje de nuestro tiempo a mirar profundamente nuestro reflejo.
9.
“¿Qué es la vida?”
Esta pregunta hace eco en mis entrañas, no deja a mi mente ni un solo segundo de claridad. Ocurre así, rápido, sin más preámbulos. Retumba dentro de mí.
No he respondido a la pregunta, de hecho, nadie podría definir realmente lo que es la vida.
Por ello no he querido precipitarme a responder, he entendido que a veces es necesario macerar la pregunta, retenerla en nuestro ser y cuando creamos que somos capaces de convertirla en un producto de calidad, potente para una comunidad o para el propio individuo, exprimirla hasta apurar la última gota de información.
Me encuentro en la última fase del proceso, intento empaparme incluso de la neblina que deja pequeñas gotas de vapor en cualquier superficie. Quizá sea lo más importante.
¿Cómo podemos definir la palabra “vida”?
Observando el cielo, en el patio, me he encontrado una bandada de pájaros revoloteando, trinando, todos unidos, cada uno ocupaba un espacio específico en el triángulo que configuraban.
Un viento helado me ha devuelto a la realidad.
A la derecha he observado las calas, estáticas, quizá se tambaleaban por la suave brisa de otoño. Con sus pétalos tan blancos como siempre, con el tallo verde erguido que las sostiene.
Después me he enfocado en el sentido auditivo, he escuchado al otro lado las pisadas de los viandantes retumbando en los adoquines de la calle. He percibido las carcajadas de una pareja.
La vida no es como nos imaginamos. Es más compleja.
Cada individuo vive a su manera.
10.
Puedo viajar a través de los colores que refleja la luz del día, me dirigen hacia aquellas tardes otoñales en las que toda la familia disfrutábamos de una genuina merienda, convertida en tradición en el mes de octubre, castañas asadas.
A través del sentido olfativo es fácil reconocer el olor a leña, producto de la chimenea de la casa situada al otro lado de la pared.
Mientras tanto, el sonido procedente de algún vehículo que vaga por la carretera, un clásico de este patio. La estridencia producida por el soniquete del medio es lo que produce la sensación de hogar, entre otros motivos.
La piel, tan sensible al impacto externo e interno. He deslizado la mano por la pared de cemento. Se me ha erizado la epidermis, no solo por la textura, la cual es tosca, áspera, desagradable, sino también por todas las veces que mi cuerpo ha sido desplazado hasta tomar contacto con ella y nunca había sido capaz de palparla, de saber acariciarla con detenimiento y atención.
No he podido gozar del sentido gustativo. Sin embargo, por contra, he cerrado los ojos, me he posicionado en el lugar donde solíamos reunirnos toda la familia a disfrutar de este momento tan especial, y sí, incluso por unos segundos, mi ser ha permanecido en aquellas tardes maravillosas.
A veces, simplemente es cuestión de enfocarnos en lo que un día nos hizo felices y dejarnos llevar, hasta perdernos.



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